Última rosa.

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Era la típica noche de invierno, acunada por una densa niebla y ese ambiente de aire frío que hiela los pulmones al respirar. Me dirijía como de costumbre a la casa de Carmen para ayudarla con su hija. Una pobre muchacha con una rara enfermedad que la atormentaba desde su nacimiento. La niña sufría de espasmos repentinos y momentos de demencia, era imposible dejarla sola y sin cuidado. La primera vez que la muchacha presentó esos cambios fue una noche en la que apareció medio desnuda en el patio trasero de la casa y con rasguños por medio cuerpo, tras pasar varias horas desaparecida. En un primer momento, con su desaparición la madre pensó en un rapto, y horas más tarde al ver a su niña de esa forma no podía pensar en nada más que en una violación. Estaba gravemente agitada y no paraba de decir cosas a la vez que frotaba sus manos y los ojos se les tornaban blancos.

Debido a mi antiguo trabajo en un hospital decidí hacerme cargo de la muchacha como enfermera las horas en las que su madre debía trabajar. Todas las noches al salir de casa cogía mi abrigo de lana y me dirigía por el camino hacia la casa de Carmen. Vivía en un claro del bosque, a penas a unos metros de mi casa, en una antigua caseta destartalada de su difunto abuelo. Carmen había pasado toda su vida con su abuelo desde el momento en el que su madre murió al parirla y su padre la abandonó por “no saber ser madre”. Nadie diría que un hombre tan entrado en edad sería capaz de cuidar a una criatura recién nacida, pero lo fue y se puede decir que aducó a una valiente muchacha, feliz e ilusionada. Al menos hasta que se enamoró a los dieciséis años de un hombre que la abandonó preñada. En su época de gestación, Carmen consumía y bebía, lo cuál dañó al bebé sin importarle al principio. Pero por suerte, cambió de opinión tras las consultas médicas en las que pudo ver su pequeño cuerpo en formación dentro del suyo. El bebé logró nacer, a pesar de estar entre la vida y la muerte por haber sido odiada por su madre desde el primer instante.
El primer nombre que se le ocurrió fue Aurora.

No sé como llegué a adentrarme en su mundo pero sabía que esa criatura necesitaba ayuda y su madre había sufrido suficiente como para hacerse cargo de ella todas las horas de su vida. Todas las noches, antes de llegar al final del camino que había hasta su casa, la pequeña Aurora acudía a mi llegada, andando torpemente con sus piernas torcidas, con una flor entre sus deditos huesudos. Tras un beso en la carita pálida de la niña, la cogía en brazos y la llevaba dando torpes pasos hasta su casa.

Pero esta noche no era como las demás algo raro pasaba…al llegar no encontré a Aurora con su flor, en cambio si pude ver en el suelo unos pétalos esparcidos. Cuando alcé la vista vi una sombra que entraba por la puerta entreabierta de la casa. Pensé que podría ser la muchacha y corrí hasta entrar. Estaba todo oscuro, no había ninguna luz encendida, solo pude escuchar un tintineo en lo alto de las escaleras. Llamé a Aurora repetidas veces, intenté encender la luz, pero justo cuando mi mano tocó el interruptor la puerta de la casa se cerró. Mis ojos se entrecerraron en la oscuridad buscando a alguien, pero no vieron nada. De repente escuché un crujido, como el de un cristal cuando se rompe. Provenía de arriba y escaleras abajo rodó una figurita, un gnomo de porcelana con la pierna quebrada.
Decidí subir las escaleras tanteando cada peldaño con mis manos. Cuando llegué arriba me encontré con la puerta del baño cerrada junto con todas las demás. Había cristales en el suelo. Recorrí toda la casa en busca de Aurora realmente alarmada por todo lo que había visto. No encontré a la niña, pero si al tallo de una rosa sin pétalos en su cama. Me senté y lo último que recuerdo fue que algo me golpeó.

Noté frío en mi frente, cuando abrí los ojos a penas pude ver por la claridad del sol. Carmen estaba sentada con un paño en las manos, lo primero que se me ocurrió fue salir de la cama a buscar a Aurora, pero pude verla acostada en mis pies durmiendo plácidamente. Cuando estuve más despierta fui al baño. Todo me resultaba confuso, pero más lo fue cuando le pedí a la madre asearme y al desnudarme para entrar a la ducha vi unos rasguños por mis piernas y brazos. Escuché un ruído bastante fuerte y decidí acercarme al cuarto de Aurora. Antes de entrar me paré en seco y pude oírla hablar con su madre. Decían algo de volver a casa y curar las moridas, que no le molestaría nunca más. Todo empezó a mezclarse en mi cabeza y ya no sabía que hacer. Al alejarme de la puerta el suelo crujió y…

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